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Lánzate condena la agresión LGTBIfóbica de Benialí: el odio no puede convertirse en parte del paisaje

 La Asociación LGTBI+ Lánzate expresa su más absoluta condena ante la agresión sufrida por cinco adolescentes de 14 años durante las fiestas patronales de Benialí, en la Vall de Gallinera (Alicante), después de que tres jóvenes de entre 16 y 17 años comenzaran a increparlas al descubrir que dos de las chicas eran pareja.

Imagen: L-EMV
 
Según la información publicada por Levante-EMV y el testimonio de una allegada a las familias, los hechos ocurrieron en un parque de juegos situado en una zona de paso de la localidad. Los jóvenes comenzaron a dirigirse contra las menores con insultos como «maricona» y «bollera», acompañados de proclamas como «Viva Franco» y «Viva Vox».

 Las chicas respondieron verbalmente a los ataques. Una frase pronunciada posteriormente por una allegada resume algo que jamás deberíamos perder de vista: «Ellas no huyeron porque no tienen nada que esconder».

 Y no deberían tener que hacerlo. Ninguna persona debería esconderse por su orientación sexual. Ninguna adolescente debería aprender que mostrar afecto hacia su pareja puede convertirla en objetivo de insultos. Y ninguna chica de 14 años debería tener que decidir entre defender quién es o protegerse de una agresión.

 

Los insultos terminaron convirtiéndose en golpes

 Un hombre de unos 30 años que presenció inicialmente el enfrentamiento intervino para mediar y consiguió que la situación se calmara. Sin embargo, según el relato recogido por el periódico, una vez que el hombre abandonó el lugar, los tres jóvenes volvieron a arremeter contra las menores.

 Esta vez hubo violencia física. Las golpearon y las tiraron al suelo. Una de las adolescentes sufrió un ojo morado y heridas en las rodillas, tuvo que recibir asistencia hospitalaria y posteriormente los hechos fueron denunciados ante la Guardia Civil.  Pero las heridas que deja una agresión de estas características no terminan necesariamente cuando desaparecen los hematomas.  

 Según las personas próximas a las menores, las chicas continúan muy afectadas y tienen miedo de salir a la calle.

 Ese es también el daño que provoca el odio. Convertir un lugar cotidiano en un lugar inseguro. Conseguir que una persona mire detrás de sí cuando camina. Que deje de coger de la mano a su pareja. Que piense dos veces cómo viste, cómo habla o a quién besa. Que una adolescente que no había hecho absolutamente nada malo termine sintiendo miedo de volver a ocupar el espacio público. 

 Desde Lánzate queremos trasladar nuestro apoyo y solidaridad a las cinco jóvenes, a sus familias y a todas las personas de la Vall de Gallinera que han respondido ante estos hechos dejando claro que el odio no representa a su comunidad.

 Más de un centenar de personas se concentraron frente a la Casa del Consell para condenar la agresión en una localidad que apenas supera los 150 habitantes. La respuesta de sus vecinos y vecinas y la condena expresa del Ayuntamiento constituyen también una parte importante de esta historia: frente al odio de unos pocos, una comunidad que decide no mirar hacia otro lado.

 

No son casos aislados: las cifras llevan años advirtiéndonos

 Sería tranquilizador pensar que Benialí constituye una excepción. Los datos disponibles nos impiden hacerlo.

 En los últimos años estamos asistiendo a un incremento muy preocupante de las experiencias de odio sufridas por las personas LGTBI+ en España.

 Los estudios Estado del Odio vienen reflejando esta evolución. En 2024, aproximadamente un 7 % de las personas LGTBI+ consultadas declaraba haber sufrido agresiones. En 2025, el porcentaje de personas que manifestaba haber sufrido agresiones físicas o verbales durante el año anterior alcanzaba el 16,25 %.

 Los datos correspondientes a 2026 vuelven a empeorar el escenario: el 22 % de las personas LGTBI+ encuestadas afirma haber sufrido una agresión física durante el último año.

 Las categorías empleadas en los distintos estudios no permiten convertir todos esos porcentajes en una serie estadística exactamente homogénea, pero la tendencia resulta inequívoca. En la comparación equivalente entre 2024 y 2026, las agresiones han pasado aproximadamente del 7 % al 22 %: se han triplicado en apenas dos años.

 Y las agresiones físicas son solamente la parte más visible del problema.

 En 2026, el 54 % de las personas LGTBI+ manifiesta haber sufrido alguna forma de odio durante el último año. El acoso ha pasado del 20 % en 2024 al 36 % en 2026; la discriminación, del 23 % al 29 %, y cuatro de cada diez personas LGTBI+ han sufrido odio a través de las redes sociales.

 Cuando más de la mitad de una población manifiesta haber experimentado alguna forma de odio, ya no podemos refugiarnos en la expresión «casos aislados».

 Tenemos un problema social.

 

Hay algo especialmente preocupante en Benialí: quienes agreden también son adolescentes

 

Las víctimas tienen 14 años. Los presuntos agresores, según las informaciones publicadas, entre 16 y 17.

 Esta circunstancia debería provocar una reflexión que vaya mucho más allá del propio suceso.

 ¿Qué está ocurriendo para que adolescentes utilicen la orientación sexual de otras adolescentes como instrumento de humillación? ¿De dónde están aprendiendo que «bollera» o «maricón» pueden emplearse para degradar a otra persona? ¿En qué momento determinados discursos dejan de ser palabras pronunciadas ante una pantalla, en una red social o en determinados espacios públicos y empiezan a reproducirse entre nuestros jóvenes?

 Nadie nace odiando. El odio se aprende. Se alimenta, se normaliza y se transmite. Y cuando determinados discursos presentan continuamente a las personas LGTBI+ como una amenaza, un problema, una imposición ideológica o ciudadanos cuyos derechos pueden cuestionarse, sería irresponsable pensar que esas palabras desaparecen después de pronunciarlas.  Los discursos tienen consecuencias. Especialmente entre adolescentes que están construyendo todavía su manera de interpretar el mundo. Por eso la educación en diversidad no es adoctrinamiento. Es prevención.

 Educar para comprender que existen diferentes orientaciones sexuales, identidades, expresiones de género y modelos familiares no pretende decirle a ningún joven quién debe ser. Pretende enseñarle algo mucho más elemental: que quien tiene delante merece exactamente el mismo respeto aunque sea diferente.

 Benialí demuestra dolorosamente por qué sigue siendo necesario hacerlo.

 

Una agresión acompañada de insultos homófobos no es simplemente una pelea

 Existe además otra cuestión que desde Lánzate consideramos fundamental recordar. Cuando una agresión se produce utilizando la orientación sexual o identidad de una persona para humillarla, el componente discriminatorio no constituye un detalle accesorio. Nuestro ordenamiento jurídico contempla expresamente la especial gravedad de determinadas conductas motivadas por prejuicios y discriminación. Una sentencia muy reciente de la Audiencia Provincial de Lugo, de 24 de abril de 2026, resulta especialmente esclarecedora. En aquel procedimiento quedó probado que los acusados, conociendo la orientación sexual de la víctima y movidos por prejuicios y animadversión hacia las personas homosexuales, comenzaron a proferir públicamente insultos homófobos con la finalidad de humillarla y menospreciarla. Posteriormente iniciaron una agresión física con golpes reiterados que llegaron a provocar la pérdida de conciencia de la víctima. 

 La Audiencia Provincial consideró que la concurrencia de insultos discriminatorios y violencia física en un espacio público intensificaba la gravedad del ataque y evidenciaba el rechazo hacia la orientación sexual de la víctima. Los hechos fueron considerados constitutivos, entre otros ilícitos, de un delito de lesión de la dignidad por motivos discriminatorios del artículo 510.2 a) y 5 del Código Penal. Es importante comprender esta diferencia.

 Una agresión es violencia. Pero utilizar además aquello que una persona es —su orientación sexual, identidad o expresión de género— para señalarla, humillarla y degradarla añade una dimensión discriminatoria que no debemos invisibilizar. 

No podemos permitir que el miedo cambie de bando

 Durante décadas, generaciones enteras de personas LGTBI+ aprendieron a esconderse. Aprendieron a soltar la mano de su pareja cuando alguien se acercaba. A mirar alrededor antes de darse un beso. A modificar su forma de hablar o de vestir. A inventar relaciones que no existían. A convertir una parte esencial de sus vidas en un secreto como mecanismo de supervivencia. Ha costado demasiado llegar hasta aquí para permitir que una nueva generación vuelva a aprender esas mismas reglas.  Por eso resulta especialmente doloroso leer que, después de la agresión de Benialí, unas chicas de 14 años tienen miedo de salir a la calle. Ellas no hicieron nada malo. No hicieron nada que deban ocultar. No son ellas quienes deberían sentir vergüenza.

Desde la Asociación LGTBI+ Lánzate condenamos rotundamente la agresión denunciada en Benialí y reclamamos que los hechos sean investigados con todas las garantías y que, si se confirma la motivación LGTBIfóbica relatada por las víctimas, esta sea tenida plenamente en consideración. Pero también reclamamos algo que debe producirse mucho antes de que intervengan un hospital, la Guardia Civil o un juzgado: educación, prevención, responsabilidad institucional y compromiso social. La respuesta de los vecinos y vecinas de la Vall de Gallinera demuestra que otra reacción es posible. Más de cien personas saliendo a la calle en una población de poco más de 150 habitantes significa que una comunidad prácticamente entera ha decidido decir que aquello no se acepta. Ese es también el mensaje que queremos enviar desde Lánzate.

 No vamos a normalizar el odio.
No vamos a asumir las agresiones como parte inevitable de nuestra realidad.
Y no vamos a aceptar que ninguna chica de 14 años tenga que esconder a quién quiere para sentirse segura.

 Porque ellas no tienen nada que esconder.

 Quienes tienen que desaparecer de nuestras calles son el miedo, la discriminación y la violencia.

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